Hay situaciones que ninguna empresa busca, pero que pasan: todo está funcionando, cada uno a lo suyo, y de repente aparece un problema legal con otra empresa: un contrato que se interpreta distinto, un pago que no llega, un servicio que una parte considera mal hecho… Aunque sea algo pequeño, crece y se complica muy deprisa… y, cuando se complica, muchas empresas reaccionan mal: se tensan, se encierran y piensan directamente en juicios.
Me gustaría hacerte reflexionar y parar un momento. Quiero que te sientes y pienses en negociar antes de que el tema acabe en los tribunales.
El momento en el que una empresa se da cuenta de que hay un problema serio
El problema legal entre empresas casi nunca empieza con una amenaza directa, empieza con algo pequeño: un correo que no se contesta, una llamada que se retrasa, una factura que no se paga cuando toca… Al principio nadie quiere pensar que eso va a acabar mal. Se tiende a quitarle importancia, a pensar que ya se arreglará.
Pero pasa el tiempo y el tono cambia: aparecen mensajes más fríos y más cortos, ya no hay sonrisas, las buenas palabras se acaban… Ahí es cuando la empresa se da cuenta de que hay algo serio delante. Y ese momento es clave, porque todavía se puede decidir cómo seguir.
Muchas empresas se equivocan aquí porque actúan desde el enfado o el orgullo. En lugar de intentar entender qué está pasando, se ponen a la defensiva. Cuando eso ocurre, cada paso que se da suele acercar más al juicio. Negociar en este punto no es aceptar culpa. Es aceptar la realidad: hay un conflicto y hay que gestionarlo. Cuanto antes se haga, más opciones hay de resolverlo sin llegar a un juzgado.
Negociar antes de un juicio ahorra tiempo, dinero y disgustos
Un juicio no es solo una cuestión legal, es una carga constante para la empresa, porque hay que dedicarle tiempo, atención y recursos durante meses o incluso años. Y, mientras tanto, la empresa sigue funcionando, pero con mucha tensión encima de la que cuesta deshacerse.
Negociar permite algo simple: cerrar el problema antes de que se haga más grande. Aunque la negociación sea difícil, suele ser mucho más rápida y barata que un proceso judicial. Además, cuando se negocia las dos empresas todavía tienen margen para decidir. En un juicio, todo depende de terceros, de plazos que no controlas y de resoluciones que pueden no gustar a nadie.
Negociar significa elegir una solución asumible. Muchas veces, las empresas que llegan a un acuerdo salen mejor paradas que las que ganan un juicio pero pierden tiempo, dinero y energía.
Eliminar el miedo a negociar
Hay un miedo muy común en muchas empresas cuando aparece un problema legal con otra: sentarse a negociar y meter la pata. Decir algo que no procede, reconocer algo sin querer o dar una ventaja a la otra parte en la que no había pensado. Ese miedo paraliza, hace que se alarguen los silencios, que no se contesten correos y que el problema crezca sin que nadie lo controle.
Este miedo viene de no saber qué va a pasar en esa conversación. Por eso, la mejor forma de quitarlo de en medio es prepararse un poco antes: tener claros los hechos, saber qué ha pasado de verdad y qué se quiere conseguir con la negociación. También es importante tener claro hasta dónde se puede llegar y dónde está el límite.
Hay que entender que, cuando se negocia, cuanto menos se dice, mejor. Escuchar a la otra empresa ayuda mucho: saber qué les molesta, qué esperan y qué quieren resolver puede cambiar completamente la situación. Muchas veces el conflicto no es tan grande como parece al principio. Cuando se entra negocia con las ideas claras, el miedo mengua. Y, cuando el miedo mengua, las conversaciones fluyen mejor y aparecen soluciones que antes no se veían.
Negociar es hablar de soluciones, no de quién tiene la culpa
Uno de los errores más habituales cuando dos empresas tienen un conflicto es centrarse en quién tiene razón. Cada parte llega convencida de que la culpa es del otro, y cuando la conversación se convierte en una pelea para demostrar quién está en lo cierto, la negociación se bloquea. La negociación funciona mucho mejor cuando, en lugar de mirar tanto al pasado, se mira al presente y al futuro, en qué se puede hacer ahora para solucionar el tema. Esa diferencia lo cambia todo.
Hablar de soluciones es mucho más práctico. Por ejemplo: cómo se puede compensar el problema, qué se puede ajustar, qué garantías hacen falta para seguir trabajando tranquilos. Este tipo de preguntas ayudan más que discutir durante horas sobre correos antiguos o interpretaciones de contratos.
Cuando una empresa entra en la negociación pensando de esta forma, transmite algo importante: que quiere resolver, no ganar una discusión. Eso suele bajar la tensión y facilita que la otra parte también se abra a buscar una salida.
Las empresas que negocian así suelen llegar antes a acuerdos y con menos desgaste porque entienden que resolver el problema rápido y bien suele ser mejor que tener razón durante años.
Busca ayuda externa cuando la negociación se atasque
Hay casos en los que la relación entre las empresas está muy dañada: enfados, desconfianza, demasiadas cosas acumuladas… En esos casos, sentarse a hablar puede no funcionar, y la ayuda externa puede ayudarnos mucho. Tener a alguien que no esté metido emocionalmente en el conflicto ayuda a ordenar la situación para bajar el tono y centrar la conversación.
Un buen asesor legal ayuda a poner las cosas sobre la mesa, a separar los hechos de las opiniones y a buscar un punto medio. Durán & Enguita Abogados, abogados muy centrados en la justicia y en el trato claro a sus clientes, opina que, antes de pensar en ganar, hay que pensar en resolver, porque muchos conflictos se mantienen vivos solo porque nadie los ha explicado bien.
Ese tipo de enfoque suele rebajar tensiones, porque cuando alguien traduce el problema a algo sencillo y concreto, las empresas se entienden mejor. Y, cuando se entienden mejor, es mucho más fácil llegar a un acuerdo sin pasar por el juzgado.
Cuando dos empresas llegan a un acuerdo, están protegiendo su futuro
En muchas negociaciones se revisan contratos, se ajustan plazos y se mejoran formas de trabajar. Todo ello son aspectos que quizá nadie se había cuestionado hasta que apareció el conflicto. En ese sentido, negociar obliga a mirar hacia dentro y a corregir errores.
Además, cerrar un conflicto por la vía del acuerdo reduce mucho el desgaste interno. Los equipos dejan de estar tensos, los responsables pueden volver a centrarse en su trabajo y la empresa recupera tranquilidad. Eso tiene un valor enorme, aunque no se vea en números.
Muchas empresas aprenden más de una negociación que de un juicio. Esto sucede porque el juicio se centra solamente en ganar o en perder, mientras que la negociación se centra en entender qué falló entre las partes y en evitar que vuelva a pasar.
Llegar a un acuerdo, en ese sentido, nos va a ayudar a mejorar y a seguir adelante con más claridad y menos inconvenientes.
Piénsatelo dos veces antes de ir a tribunales
Ir a juicio es una opción, pero debería ser la última, no la primera reacción. Muchas empresas llegan a tribunales sin haber intentado de verdad una negociación previa y, cuando eso pasa, normalmente el precio es muy alto. Un juicio implica tiempo, dinero y mucha energía y, si se alarga, genera incertidumbre y obliga a la empresa a estar pendiente de algo que no aporta nada positivo al día a día. Aunque se gane, el camino suele ser largo y tedioso.
Negociar antes no quita derechos ni debilita a la empresa, más bien demuestra que se ha intentado resolver el problema de forma razonable. Y, si al final no queda otra que ir a juicio, ese intento previo suele jugar a favor.
Tener opciones es clave: poder elegir entre negociar, ajustar o, solo si no queda más remedio, ir a tribunales. Esa capacidad de decisión es una ventaja enorme en cualquier conflicto legal. Pensarlo dos veces antes de dar el paso a un juicio puede ahorrar muchos problemas y muchas noches sin dormir.
Los problemas legales entre empresas pasan
No siempre se pueden evitar, por mucho cuidado que se tenga, pero sí se puede elegir cómo afrontarlos. Negociar antes de llegar a juicio es una forma sencilla y directa de cuidar la empresa. De ahorrar tiempo, dinero y disgustos innecesarios. También es una forma de demostrar madurez y sentido común.
No se trata de ser blando ni de regalar nada. Se trata de hablar a tiempo, con calma y con claridad. De intentar resolver antes de que el problema se haga más grande de lo que ya es.
Muchas veces, sentarse a hablar cuando todavía hay margen es la mejor decisión que se puede tomar. Y casi siempre es mejor que dejar que otros decidan por ti.

