Un día en la nieve que cambió nuestra forma de trabajar en la empresa

Hay momentos en los que una empresa entra en una especie de niebla espesa. Sí, soy un poco cursi pero viviendo en Valladolid, está claro que hacer una metáfora de este tipo. Ya que la niebla es una más. Pero sigo con lo de mi empresa. En nuestro caso, las cosas iban mal. No fatal, pero sí lo suficiente como para que el ambiente se volviera pesado y la motivación empezara a resquebrajarse. Cada uno iba a lo suyo, cumpliendo, sobreviviendo a la semana. Y así, por experiencia, sé que una empresa no avanza.

Fue entonces cuando surgió una idea que, al principio, sonó casi absurda, por no decir, casi chorra: parar. Salir de la oficina. Irnos todos juntos a la montaña, a la nieve. Una excursión con raquetas en el Puerto de Navacerrada, organizada por Tabei Adventures. No para hablar de objetivos, ni de KPIs, ni de estrategias. Simplemente, para caminar juntos, algo que puede sonar a película de Hollywood, pero que ahora mismo se hacen en muchas empresas de España.

Recuerdo que algunos pusieron mala cara. Otros pensaron que sería una pérdida de tiempo. Yo mismo dudé. Pero algo dentro de mí necesitaba probar algo distinto, porque seguir haciendo lo mismo claramente no estaba funcionando.

Recuerdo que quedamos a las nueve de la mañana en el Puerto de Navacerrada, un lugar de fácil acceso desde Madrid, pero que parece estar en otro mundo. Nada más bajar del coche, el frío y el aire limpio ya empezaron a hacer su trabajo. El ruido habitual desapareció. No había notificaciones, ni llamadas, ni prisas. Solo nieve, montañas y silencio.

El equipo de Tabei Adventures nos recibió con una sonrisa y lo más importante, con calma, que era lo que no teníamos en mucho tiempo. Nos proporcionaron todo el material: raquetas de nieve y bastones de alta calidad. No teníamos que preocuparnos de nada más que de abrigarnos bien y estar dispuestos a vivir la experiencia. Antes de empezar, el guía —un profesional titulado, cercano y con un sentido del humor perfecto para romper el hielo— nos explicó cómo usar las raquetas y nos dio algunos consejos prácticos. Nada técnico en exceso. Lo justo para sentirnos seguros.

Y empezamos a caminar

Al principio, cada uno iba a su ritmo, casi como en la oficina. Pequeños grupos, silencios incómodos. Pero la nieve tiene algo especial. Caminar sobre ella exige atención, equilibrio y, en cierto modo, humildad. No puedes ir con prisas. No puedes mirar el móvil. Tienes que estar presente.

Los senderos nevados nos llevaron por paisajes que parecían sacados de otro país. Naturaleza virgen, árboles cubiertos de blanco, vistas panorámicas que te dejan sin aliento. No solo por la belleza, sino porque te recuerdan lo pequeño que eres. Y eso, curiosamente, une mucho.

Poco a poco, empezaron las risas. Alguien se hundía más de la cuenta, otro ayudaba a levantarse. Compartíamos agua, guantes, comentarios absurdos. La emoción de deslizarte ligeramente con las raquetas, de descubrir rincones escondidos del Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama, nos devolvió algo que habíamos perdido: la sensación de estar en el mismo equipo.

Hubo un momento concreto que se me quedó grabado. Paramos en una zona alta, con vistas abiertas a la sierra. El guía nos pidió que guardáramos silencio durante un minuto. Solo respirar. Escuchar el invierno. Sentir el frío en la cara y el sol reflejándose en la nieve. Fue un silencio distinto al de la oficina. No incómodo, sino reparador.

En ese instante entendí que no habíamos ido allí para “arreglar” la empresa. Habíamos ido para reconectar como personas. Y eso, muchas veces, es el verdadero problema cuando las cosas van mal.

La ruta continuó entre conversaciones inesperadas. Gente que apenas hablaba en el día a día empezó a compartir historias personales, miedos, ideas. Sin forzar nada. Sin dinámicas artificiales. La montaña hizo el trabajo por nosotros.

Cuando terminamos la excursión, estábamos cansados, con las piernas cargadas, pero con una energía distinta. Nadie hablaba de trabajo, y aun así, todo lo que habíamos vivido tenía un impacto directo en él. Volvimos siendo más conscientes de los demás, más pacientes, más humanos.

No fue una solución mágica. Los problemas no desaparecieron al día siguiente. Pero algo cambió. El ambiente se alivió. Las conversaciones fluyeron mejor. Y, sobre todo, recuperamos la sensación de caminar en la misma dirección.

Espero que todo esto os haya servido de consejo por si estáis pasando por la misma situación en vuestra empresa.

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